Echar raíces

Se nota que estás disfrutando del sol por primera vez en muchos meses: con tu cabeza apoyada en el cristal de mi taxi y los ojos cerrados. La luz, a través de los párpados, hace que la oscuridad de dentro no sea negra, sino naranja.
Sonríes con los ojos cerrados, como notando las cosquillas de los rayos en tu rostro mientras yo te llevo despacio y suave. A través del espejo te miro así, apoyada en el cristal, sonriéndole al sol con los ojos cerrados y pienso que estás pensando en las plantas, en el milagro de la fotosíntesis, en tu vida receptora, en la fuerza de la luz como terapia.
Y bien querrías quedarte así, para siempre. Alimentarte a base de sol y echar raíces desde tus pies, atravesando el suelo del taxi y luego el asfalto y luego la tierra hasta quedarte anclada, plantada en este mismo instante y en este mismo lugar: Plaza de la Independencia, su nombre. Que las raíces de tus plantas, de las plantas de tus pies, lo perforaran todo hasta encontrar agua para luego absorberla y disociar sus nutrientes con el sol de la flor de tu rostro.
Pero soy taxista, y las únicas raíces que conoce el Reglamento son cuadradas, y en cuanto notas la sombra que proyecta la fachada de tu casa abres los ojos y dejas de sonreír. Hemos llegado a tu destino. Detengo el taxímetro, me pagas, abres la puerta con tus manos que no son ramas, plantas tus pies en la acera y comienzas a caminar. Y mientras veo cómo te marchas reparo en el cerco de sudor que ha dejado tu frente sobre el cristal.
Me acerco al cristal y comienzo a lamer tu sudor. Sabe a clorofila.


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